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Al principio, lo miré con recelo, pues su porte era imponente y su actitud, desafiante. ¿Sería un enemigo? ¿Un rival dispuesto a humillarme aún más en mi ya insignificante existencia? Pero no, su gracia infinita se reveló en forma de una burla bien colocada, un comentario tan mordaz como acertado. Y en ese momento supe… he aquí un alma tan desgraciada como la mía.
Y así, bajo la mirada indiferente de los nobles y el desprecio de los poderosos, seguimos caminando juntos, riéndonos en la cara del destino.